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jelgain

9 Noviembre 2009

PRINCIPIOS, CREENCIAS... Y LA LIBERTAD

Tener principios y creencias está bien visto; no tenerlos está mal. Así, cuando se dice de alguien que «no tiene principios» o que «es un descreído» hay que entenderlo como un reproche.

Pues yo hace ya unos años que caí en la cuenta de que carecía de principios y creencias. ¿Será bueno o malo? me pregunté al descubrirlo... y no supe responderme. La verdad, sigo sin saberlo, si bien yo me encuentro muy cómodo con esta circunstancia, y puedo asegurar que se puede vivir tan ricamente sin que uno sienta la permanente necesidad de subordinar o condicionar su comportamiento y opiniones al corsé intelectual, reitero, intelectual, que suponen tales conceptos. Obviamente, sin esa atadura intelectual se es más libre.

De los principios y las creencias derivan los valores, entendiendo como tales a los criterios éticos y morales que determinan el comportamiento y actitud de las personas durante su vida. Es decir, el proceso intelectual que lleva a las personas que tienen principios y creencias a determinar los valores que van a regir su vida parte de algo que les viene impuesto (o que asumen con docilidad) como consecuencia de su educación, aprendizaje o influencias; no por un proceso de libre elección racional o intelectual. Por ejemplo, el que cree que Jesucristo es hijo de Dios no es por las evidencias que haya podido constatar, es porque le han enseñado que las cosas son así, y se lo ha creído.

Tenemos, por tanto, que las personas con principios y creencias, actúan en la vida (aplican sus valores) condicionadas por una especie de código de partida que, si bien es verdad que han tenido la libertad (algo relativa) de asumirlo, ya les condicionará a lo largo de su existencia (salvo que renuncien). Es como si se les insertara un chip en el cerebro que prefijara y determinara su pensamiento y su comportamiento. Esto es así, como que el contenido del chip, en términos generales, responde a un código con valores positivos; lo malo es que algunas veces no se aplican bien: es cuando aparece la perniciosa intolerancia del fundamentalismo o cuando aflora la hipocresía.

Viéndolo por el lado positivo, las personas con principios y creencias actúan con mayor convencimiento e incluso seguridad: tienen menos dudas, sus convicciones son férreas. Pero por el lado negativo deben admitir que son menos libres para decidir en cada momento; su posición debe acomodarse siempre a los dictados de sus principios y creencias. Se puede decir que han tenido libertad (relativa) para elegir el chip, pero no hay duda de que, una vez insertado, les condiciona y les obliga.

Por ejemplo, los que tienen asumidos los principios católicos y creencias de la fe cristiana y se enfrentan intelectualmente ante la cuestión del aborto, tienen que acomodar su posición a dos valores que dimanan de tales principios y creencias: en el momento de la concepción hay una vida y atentar contra ésta va contra la ley de Dios; por tanto, no tienen más remedio que rechazar el derecho a abortar, aunque pudieran percibir que la razón les esté diciendo que deben adoptar otra postura. De igual manera, quien tuviera asumido, otro ejemplo, el principio de la patria ante todo, está obligado a defenderla... porque sí; aunque su patria no tenga razón. Si no se posicionan así, en ambos casos estarían atentando contra sus propios principios y creencias; tendrían un serio problema interno.

En cambio, los que carecemos de principios y creencias articulamos nuestra propia y particular escala de valores basándonos, exclusivamente, en un proceso intelectual y racional, y además, lo podemos ir modificando en el tiempo y acomodarlo a los cambios y circunstancias de cada momento. Es verdad que tal proceso también puede ser condicionado por nuestra propia conveniencia; esto ocurre con frecuencia y se evidencia en aquéllos a los que se considera "amorales". Pero debe quedar claro que también tenemos nuestros valores, que, junto a nuestras tendencias y preferencias, condicionan nuestro comportamiento. En nuestro caso, no partimos de un código preestablecido, somos nosotros, individualmente, los que establecemos nuestro propio código.

Es obvio, que los que pertenecemos a este grupo corremos el gran riesgo de que el código que nos asignemos no sea adecuado, o sea, que sea perverso, interesado, antisocial o, incluso, criminal. En estos casos, el ser humano, sin el freno que suponen los principios y las creencias y movido exclusivamente por su propio interés, pasión, codicia, etc., probablemente resulte dañino para los que le rodean. Esto ocurre a menudo; también los que tienen principios y creencias a menudo se olvidan de ellos y atentan contra la sociedad.

Pero, volviendo a los sin principios y descreídos, no tiene que ser necesariamente así. Las personas de este grupo también podemos funcionar en la sociedad de forma positiva, si somos capaces de asignarnos un código de conducta (nuestros valores, tendencias y preferencias) que sintonicen con los requerimientos básicos de la convivencia y el progreso. Desde luego, si es así, es casi seguro que tal código sea mejor que el que determinan los principios y creencias, ya que estará desprovisto de las rigideces e intolerancias de éstos y se podrá acomodar más fácilmente a los cambios sociales y a los requerimientos de cada momento.

Además, los que carecemos del corsé somos menos proclives a tener férreas convicciones. Esto, que los otros consideran un defecto, a mí me parece una ventaja, pues, si se da el caso, nos permite modificar nuestros posicionamientos sin traumatismos ideológicos, y, ya se sabe, rectificar es de sabios.

De lo que no cabe duda es de que la carencia de principios y creencias permite al ser humano ser más libre. Por eso yo prefiero vivir sin principios, sin creencias y, en consecuencia, sin convicciones.

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