28 Marzo 2010
Aunque, como ya dije en un artículo anterior, me considero un descreído, o sea, que no soy religioso, ni creo en el Dios que nos han mostrado, ni tengo otras creencias de este tipo, si creo, con perdón, que tengo derecho a opinar sobre la religión o, mejor dicho, a decir cómo veo yo lo de la religión. Como es la que más conozco y creo, con perdón, que es la que, todavía, tiene más adeptos e influencia por estas latitudes, me voy a referir a la Católica.
En buena medida, la religión Católica se basa en la fe, de la que la Iglesia enseña que es una de las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y que «tener fe» es «creer en lo que no vimos porque ‘Dios lo ha revelado' y la Santa Madre Iglesia nos lo enseña». Esto es el paradigma de las creencias: hay que creer porque sí o porque lo digo yo... y punto. Y, prácticamente, ese es todo el fundamento (¿) de la religión Católica. Las normas de conducta, es decir, los «Mandamientos», son para el día a día, y hay que admitir que son pura lógica y no tienen nada de especial, salvo el que obliga a «amar a Dios sobre todas las cosas», que me parece algo raro. Y lo demás, lo que más se ve, son los adornos y el folclore; en las religiones tienen mucha importancia la liturgia y las celebraciones.
Abundando en esto, diré que las religiones monoteístas, como es la Católica, han configurado una imagen de su Dios y su propio código de conducta, y ambos suponen los vectores clave que determinan el comportamiento teórico de quienes se consideran creyentes poseedores de la fe. Y todo basado en «revelaciones y testimonios» bastantes sospechosas y nunca demostradas, aquellas, y poco fiables, estos, que han sido recogidos en la Bilblia, en unos casos por autores anónimos o de los que se sabe muy poco (Antiguo Testamento) y en otros por los evangelistas (Nuevo Testamento), de los que tampoco se pude decir que ofrecen muchas garantías. Resumiendo lo dicho hasta aquí, parece obvio que la religión Católica se basa en débiles fundamentos.
Y si esto que digo ha sido así, es decir, si los fundamentos son tan endebles, cabe preguntarse cómo es posible que la religión Católica (como otras), ha tenido tan importantísimo desarrollo y ha sido asumida y seguida por tantas personas y durante tantos años. Para mí, la respuesta es clara: el ser humano, especialmente si sus condiciones de vida no son nada favorables, como lo fueron en las épocas de mayor desarrollo y esplendor del catolicismo, necesita creer en lo que ofrece y asegura la religión; principalmente por dos motivos. Primero, porque es la única fórmula que permite al ser humano sentirse en igualdad de condiciones con sus semejantes (todos somos hijos de Dios) y, segundo y probablemente más importante, porque ve en el Dios justiciero la única esperanza de una vida mejor (el cielo, en la vida eterna), para los humildes y buenos, y, a la vez, el castigo (el fuego eterno, en el infierno) para cuantos le hacen penosa la vida terrenal, es decir para los poderosos, aprovechados y explotadores, los malos.
Así, la religión ha ofrecido al creyente una especie de realidad virtual que es justo lo contrario o el contrapunto de su cruda realidad. En ésta ha encontrado sometimiento, dificultades y penuria, y la realidad virtual le ofrece lo que ansía: igualdad de oportunidades, y en la eternidad el premio o castigo a los actos y comportamientos en vida. Indudablemente esta realidad virtual que ofrece la religión es atractiva, sobre todo para los más humildes o para los que peor les va, y, además, es gratis y nadie puede demostrar lo contrario; por eso tantos se apuntaron a ella. Así pues, el ser humano ha abrazado con fervor lo que ha considerado que es la opción más favorable para sus intereses particulares, que no es otra que la religión reparadora. Es lógico y comprensible.
Pero, afortunadamente, las cosas han cambiado y probablemente seguirán cambiando. Aunque aún hay mucho camino por recorrer, no hay duda de que hemos evolucionado, especialmente en los países del llamado primer mundo, donde las personas, en general, encuentran oportunidades para su desarrollo cultural e intelectual, y, también, para cubrir con cierta holgura sus necesidades vitales materiales; además, están protegidas por las leyes, el estado del bienestar les proporciona oportunidades para el disfrute, y las relaciones humanas se basan, en general, en el respeto y en la libertad... En fin, en estos países se dan las condiciones para que la mayor parte de las personas no tengan que soportar las penurias de otras épocas e, incluso, puedan alcanzar unos mínimos de confortabilidad durante su vida. Ya no hay tantas desigualdades ni hay que esperar a morirse para alcanzar la felicidad. La religión, por tanto, ya no es el único salvavidas y las creencias ya no son el motor en que se fundamenta la existencia de las personas. O sea, la realidad virtual que ofrece la religión ya no es diametralmente opuesta a la cruda realidad (ahora menos cruda).
En otras palabras, podríamos decir que el producto que vende la religión, la fe, ya no resulta tan atractivo. Si a esto añadimos que en los países a los que me refiero, los del primer mundo, las personas están cada vez más formadas y tienen más acceso al conocimiento, lo que les lleva a formar su criterio con más rigor y precisión y, en consecuencia, cada vez son más reticentes ante el dogma y la imposición ideológica, lo de la fe cada vez cuela menos. Los que la venden y ven cómo la cifra de ventas se va reduciendo inexorablemente, se justifican y a la vez nos lo reprochan espetándonos aquello de que padecemos una «crisis de valores». Pero no, al contrario, en todo caso la crisis era real cuando el ser humano, aferrándose con desesperación al tablón de salvamento que le proporcionaba la fe, abrazaba sin reflexión las creencias religiosas. No sé si a aquella realidad se le podía llamar crisis de valores, pero sí de conocimientos y de cultura, o sea, crisis intelectual, afortunadamente y en buena medida felizmente superada.
Y supongo que esto lo saben los que se ocupan de mantener viva la llama de la fe, es decir, los profesionales de la religión (los religiosos con el Papa al frente). Por eso, sabedores de que lo de las creencias cada vez tienen menos adeptos, se preocupan mucho por mantener la presencia de la religión fomentando los aspectos más superficiales de ésta, es decir, lo que antes he denominado los adornos y el folclore, o, dicho más finamente, la liturgia y las celebraciones. De ahí que la Iglesia se preocupe mucho de evidenciar su presencia en la sociedad con actos vistosos y multitudinarios. Así, las misas dominicales, las procesiones de Semana Santa, los viajes y las visitas del Papa, los grandes actos ecuménicos, las manifestaciones en la calle, el incienso y la parafernalia religiosa, etc., son ingredientes que consideran necesarios, no sólo para hacerse presentes y reafirmar su posición e influencia en la sociedad, sino, principalmente, para promocionar su producto en crisis: la fe. Por eso, la Iglesia, en todos estos actos, da especial relevancia a lo que podría considerarse como la expresión máxima de la fe católica, que no es otro que la comunión: nada menos que recibir en el estómago del que comulga al cuerpo de Dios, ¡casi ná! .
Aunque es verdad que la religión es y se compone de otras muchas cosas, haciendo una síntesis se podría decir que, actualmente, «la religión es la hostia».
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14 Febrero 2010
Para empezar, debo decir que soy de los que ven la telebasura (¡y no zapeando!); esto, por lógica, me permite opinar sobre ella con más conocimiento de causa que los que no la ven. A juzgar por lo que la gente dice y aunque se contradice con los datos de los índices de audiencia de la TV, parece que hay muchos más que no la ven que los que, como yo, la ven. Es decir, según lo que confiesa cada cual, parece que la mayoría no ve la telebasura... hum, no me lo creo, en este caso estoy por creer lo de los medidores de audiencia, que, por cierto, no sé cómo son ni, la verdad, me importan.
Lo que me importa es por qué la gente se avergüenza de sus actos, en este caso, de ver la denostada telebasura. Yo creo que no hay nada malo en ello y no veo justificado el airado despotrique que mucha gente, en cuanto ven la ocasión, dedican a este entretenido género televisivo. Los que así se muestran niegan con vehemencia y falso pudor que lo ven; en todo caso, pueden admitir que han visto algo de ese género -casualmente, por supuesto- mientras zapeaban. Y digo yo: pues si no ven la telebasura, ¿por qué la enjuician tan mal?, ¿qué sabrán ellos de lo que se emite en tales programas? Está claro que la mayoría de los que así se manifiestan miente, cual bellaco acusado de quedarse con las vueltas; lo que les pasa es que, absurdamente, sienten vergüenza de confesar que son consumidores de un producto televisivo reprobado socialmente, yo ya he dicho que no; en esto, no tengo vergüenza.
Estoy de acuerdo con que lo que se ve y se oye (a veces no se escucha a causa del griterío de los que los protagonizan) en este tipo de programas no resulta edificante; con que no resultan instructivos; con que no muestran conductas ejemplares que puedan servir de patrones o referencias sociales; con que los personajes más habituales resultan zafios y desvergonzados; con que los llamados periodistas del corazón, que en este género han encontrado un filón económico que para mí lo quisiera, son, generalmente, más que periodistas, una caterva de cotillas y cotillos sin escrúpulos... en fin, estoy de acuerdo con que a este tipo de programas lo de «basura» le viene que «ni pintao». O sea, no puedo discrepar del generalizado reproche social hacia la telebasura, me sumo a él... pero, para mí, eso no justifica que la repudie, es decir, que no la vea.
Porque a mí estos programas me entretienen y, no pocas veces, me resultan interesantes, y, como con frecuencia, a modo de folletines seriales, cuentan por capítulos las historias, problemas, rencillas, etc. de los protagonistas, me llegan hasta a intrigar, lo que hace que me preocupe de conocer, en el capítulo siguiente o en el final, el desenlace, o sea, cómo acaba la bronca. Y digo bronca porque ésta es el principal aditamento de un «buen» programa de telebasura; la bronca es la salsa de este género televisivo y el principal reclamo o aliciente para captar al espectador, al que no le importan (no me importan) las fundadas sospechas de que en buena parte de las broncas la actitud de los protagonistas frente a las cámaras es impostada, que además mienten y fingen con descaro, y que el móvil de su presencia en estos programas no es otro que ¡la pasta! (Que, según dicen, con frecuencia es «pasta gansa»). Dicho lo anterior, el que lo lea se preguntará cómo sabiendo todo esto veo la telebasura. Trataré de razonarlo.
Es obvio que la clave del éxito de la telebasura está en que muestra la realidad (a algunos de estos programas los denominan «reality shows»). No es ficción; son personajes reales con sus propias historias y problemas; no hay más guión que el desparpajo, la caradura, la imaginación y las ocurrencias de los protagonistas, y, aunque mientan, finjan y oculten, son sus historias personales, con sus grandezas y miserias (de estas, mucho; de aquellas, casi nada). Por tanto, aunque haya sobreactuación de los protagonistas, son historias de la vida misma. Es verdad que son, por lo general, historias vulgares, porque también son vulgares los personajes, pero lo importante, insisto, es que son reales.
Si comparamos la telebasura con la ficción, en la que también, generalmente, se cuentan historias de personas, y haciendo abstracción de lo que en las novelas, en el teatro o en el cine resulta instructivo e ilustrativo por la información que aporta el creador sobre el escenario y contexto histórico y sociocultural en que sitúa la trama, la problemática personal de los personajes de la telebasura, en esencia, no difiere de la de los personajes de ficción, si bien, en el entendido de que en la telebasura las historias, normalmente, giran en torno a los aspectos más negativos del comportamiento humano: el desamor, la codicia, el egoísmo, la traición, la venganza, etc. O sea, en la telebasura se cuentan historias de «malos», no hay «chico (ni chica) bueno». Ahora bien, son historias reales y, además, contadas e interpretadas por los propios personajes, que también son reales; en eso, a mi entender, la telebasura gana a la novela (la ficción nunca supera a la realidad). Comparando la telebasura con las pelis de «malos», la telebasura queda aún mucho mejor, porque por muy buenos actores que sean Anthony Hopkins, Jack Nicholson, Jordi Mollà o el mismísimo Javier Bardem, por citar algunos que bordan los personajes «muy malos», siempre resultarán menos convincentes y, desde luego, menos cercanos que los personajes de la bronca telebasurera.
Por tanto, si disfrutamos leyendo o viendo las peripecias y desventuras de los «malos» de las novelas o del cine, por qué no vamos a disfrutar con la de los protas de la telebasura; a la postre, aquellos y estos son actores, si bien los de la telebasura interpretan la realidad de su propio personaje y los de ficción... pues eso, son de mentira. Además, todo hay que decirlo, la telebasura tiene una gran ventaja: es gratis, y la ves desde tu sillón preferido y en zapatillas, que esto también cuenta. Dicho esto, me pregunto qué interés tienen los puristas antitelebasura en proclamar que no la ven, mientras que, posiblemente, no oculten o, incluso, alardeen de que leen o contemplan con placer las miserias y atrocidades de los «malos» de la ficción, que, además, suele ofrecer situaciones y detalles mucho más truculentos y escabrosos.
Digamos, pues, que ver la telebasura, con sus broncas y vulgaridades, a la postre no es más que la placida contemplación de historias de malos, que es algo que siempre ha interesado al ser humano. A esto creo que se le llama morbo. Y si nos gusta el morbo... ¡¿por qué negarlo?!
servido por jelgain
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15 Noviembre 2009
Antes de empezar quiero aclarar -para que nadie se enfade- que utilizaré siempre el masculino cuando emplee los adjetivos (tonto y listo) sobre los que versa este artículo, por una razón de simple economía retórica; utilizar, cada vez, también el femenino resultaría un exceso.
Tonto y listo son de los adjetivos más utilizados en castellano. Decimos que "Fulano es muy tonto" porque nos parece antipático; que "este niño es muy listo", porque saca buenas notas en el cole; "no seas tonto" le decimos al que nos toma el pelo o al que nos incordia; "qué listo es Raúl", cuando se aprovecha de un rechace del guardameta contrario y marca; no son pocos los que dicen que "Zapatero es muy tonto" (¡y es el Presidente del Gobierno!); recriminamos con un ¡listo! al que se nos anticipa y ocupa el sitio donde queríamos estacionar el coche; susurramos cariñosamente "que tonto eres" al amante ante algunas de sus proposiciones; decimos que "es muy listo" del trabajador eficaz y diligente; de la tele se dice que es "la caja tonta"... En fin, la lista de empleos de estos adjetivos resultaría interminable.
Por eso, si preguntamos a cualquiera qué significado tienen ambos conceptos es posible que recibamos también un sinfín de respuestas, la mayoría de ellas haciendo uso de otro adjetivo que se considere sinónimo. Sobre tonto, nos pueden decir que equivale a necio, cretino, idiota, gilipollas, imbécil, de pocas luces, etc., y sobre listo, seguramente lo relacionarán con inteligente, agudo, espabilado, sagaz, aprovechado, despierto, que sabe mucho, etc. Pero es muy posible que nadie articule una definición razonable de los dos adjetivos que nos ocupan. El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) tampoco aporta mucha luz a la cuestión. Creo, por tanto, que nuestro idioma no se puede permitir mantener tal indefinición sobre términos tan utilizados; es necesario precisar su significado.
Para mí la definición de listo es muy sencilla: «persona que hace lo que le conviene o no hace lo que no le conviene»; por tanto, tonto «es el que no hace lo que le conviene o hace lo que no le conviene». A poco que pensemos en ello, comprobaremos que tales definiciones son las más apropiadas para estos adjetivos, al margen de que ambos, como decía al principio, tengan una utilidad muy variada y recurrente en nuestro usos lingüísticos, más como recurso fácil e impreciso que como expresión calificadora de un comportamiento o manera de obrar en concreto.
De las anteriores definiciones se deduce que ambos adjetivos califican actitudes o actos de las personas, es decir, no se refieren a cualidades o defectos inherentes a la naturaleza del calificado, sino que, en principio, se refieren a situaciones transitorias o coyunturales de las personas; otra cosa es que esta situación de transitoriedad pueda durar mucho o que se instale como una constante en el comportamiento de algunas de ellas. Si es éste el caso nos encontraríamos ante los típicos "más listo que el hambre" y "tonto de capirote". Pero ambos, aunque hay muchos, no representan lo general. Lo normal es que las personas unas veces seamos listos o actuemos como tales y otras al revés, si bien es verdad que hay personas con tendencias a lo uno o a lo otro. También de estas definiciones se deduce que lo importante es tener la intuición o lucidez necesaria en todo momento para saber lo que a uno le conviene, aquí está la clave de la cuestión.
Conviene aclarar que "lo conveniente" no tiene que materializarse, necesariamente, en un beneficio material o directo para el actuante; muchas veces la conveniencia estará en la satisfacción que se pueda sentir por el efecto de nuestras acciones en otras personas. Es decir, el egoísmo no tiene nada que ver con la listeza; ni ser altruista, caritativo, solidario, etc. es sintomático, ni de lejos, de ser tonto. Estas pretendidas (a veces) equiparaciones son rechazables y no tienen relación con lo que nos ocupa, por lo que no voy a detenerme sobre ello.
Tratando de buscarle el sentido práctico a lo dicho hasta ahora, lo más importante, sobre todo para los que tienen la inquietante sospecha de que propenden a ser tontos o comportarse como un tonto, es saber que estas actitudes no son un mal incurable... si se tiene la suficiente lucidez para percatarse del problema y asumirlo. Esta es la clave para dejar de ser tonto: darse cuenta de que se está siéndolo. Porque debe quedar claro que si el tonto no repara en que lo está siendo, difícilmente tendrá arreglo. En este caso habrá que clasificarlo ya no como tonto sino como necio, que es mucho peor.
Así que hay que estar muy alerta sobre la posible tontez de uno. Esto no es fácil, pero tampoco muy difícil, sobre todo si se cuenta con alguna ayudita bienintencionada. Por eso, si escuchamos algo así como «...no seas tonto...» o «...estás haciendo el tonto...» proveniente de alguien que nos quiere, no lo echemos en saco roto; hay que tomárselo en serio, podría ser el inicio de una reconversión necesaria de nuestra actitud en el asunto concreto de que se trate o en el comportamiento personal en general. En otras palabras, la advertencia, si la tomamos en serio, podría ser el primer paso para dejar de hacer el tonto o dejar de serlo. Porque, como ya he dicho, pasar de tonto a listo es factible; es cuestión de proponérselo, autoanalizarse y, en nuestros actos, tener siempre presente qué es lo que nos conviene y lo que no. Al hilo de esto, me viene a la memoria una frase que solía decir alguien al que conocí hace muchos años: «Donde no hay beneficio la pérdida es segura». Tenerla en cuenta ayuda a no hacer el tonto
Recapitulando, sostengo que tanto un tonto como un listo pueden dejar de serlo: el tonto si es listo y se lo propone, y el listo si es tonto y cambia de actitud. Insisto en que esto hay que tenerlo muy en cuenta. Ser tonto y listo ni es de nacimiento ni necesariamente tiene que ser para toda la vida, por tanto, los tontos se pueden corregir y los listos no deben confiarse.
Dicho todo lo anterior, hay que agregar que el grado de inteligencia de las personas no necesariamente guarda relación con su actitud lista o tonta; hay inteligentes que no se comportan como listos y personas con corta inteligencia que no tienen un pelo de tonto. Obviamente, la inteligencia es un buen atributo para reflexionar y pensar con la clarividencia suficiente para darse cuenta de lo que a uno le conviene, por lo que los más inteligentes tienen más posibilidades de comportarse como listos, aunque es probable que esta regla tenga un porcentaje considerable de excepciones.
Por finalizar, diré que, como otros adjetivos, tonto y listo tienen sus derivados; me detendré en listillo. Aunque lo pueda parecer, no es realmente un diminutivo, tiene un claro tufillo despectivo. En realidad debe ser aplicado al que se pasa de listo, que, dicho sea de paso, es un mal que aqueja al que cree que los demás son tontos y él el único listo; craso error. El listillo es el que obsesionado con hacer lo que le conviene, pero sin ninguna consideración hacia los demás, se excede en su propósito, lo que normalmente le llevará a fracasar en el intento. Un ejemplo simple sería el del que llevado por su afán desmedido de pasar por delante de los demás se cuela en una fila en la que otros, a los que considera tontos, aguantan pacientemente su turno y respetan el de los demás. Si éstos no son tontos, que será lo más probable, expulsarán a patadas al listillo obligándole a ponerse el último. Lo que tendrá merecido por listillo, o sea, por pasarse de listo, o sea, por tonto.
servido por jelgain
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9 Noviembre 2009
Tener principios y creencias está bien visto; no tenerlos está mal. Así, cuando se dice de alguien que «no tiene principios» o que «es un descreído» hay que entenderlo como un reproche.
Pues yo hace ya unos años que caí en la cuenta de que carecía de principios y creencias. ¿Será bueno o malo? me pregunté al descubrirlo... y no supe responderme. La verdad, sigo sin saberlo, si bien yo me encuentro muy cómodo con esta circunstancia, y puedo asegurar que se puede vivir tan ricamente sin que uno sienta la permanente necesidad de subordinar o condicionar su comportamiento y opiniones al corsé intelectual, reitero, intelectual, que suponen tales conceptos. Obviamente, sin esa atadura intelectual se es más libre.
De los principios y las creencias derivan los valores, entendiendo como tales a los criterios éticos y morales que determinan el comportamiento y actitud de las personas durante su vida. Es decir, el proceso intelectual que lleva a las personas que tienen principios y creencias a determinar los valores que van a regir su vida parte de algo que les viene impuesto (o que asumen con docilidad) como consecuencia de su educación, aprendizaje o influencias; no por un proceso de libre elección racional o intelectual. Por ejemplo, el que cree que Jesucristo es hijo de Dios no es por las evidencias que haya podido constatar, es porque le han enseñado que las cosas son así, y se lo ha creído.
Tenemos, por tanto, que las personas con principios y creencias, actúan en la vida (aplican sus valores) condicionadas por una especie de código de partida que, si bien es verdad que han tenido la libertad (algo relativa) de asumirlo, ya les condicionará a lo largo de su existencia (salvo que renuncien). Es como si se les insertara un chip en el cerebro que prefijara y determinara su pensamiento y su comportamiento. Esto es así, como que el contenido del chip, en términos generales, responde a un código con valores positivos; lo malo es que algunas veces no se aplican bien: es cuando aparece la perniciosa intolerancia del fundamentalismo o cuando aflora la hipocresía.
Viéndolo por el lado positivo, las personas con principios y creencias actúan con mayor convencimiento e incluso seguridad: tienen menos dudas, sus convicciones son férreas. Pero por el lado negativo deben admitir que son menos libres para decidir en cada momento; su posición debe acomodarse siempre a los dictados de sus principios y creencias. Se puede decir que han tenido libertad (relativa) para elegir el chip, pero no hay duda de que, una vez insertado, les condiciona y les obliga.
Por ejemplo, los que tienen asumidos los principios católicos y creencias de la fe cristiana y se enfrentan intelectualmente ante la cuestión del aborto, tienen que acomodar su posición a dos valores que dimanan de tales principios y creencias: en el momento de la concepción hay una vida y atentar contra ésta va contra la ley de Dios; por tanto, no tienen más remedio que rechazar el derecho a abortar, aunque pudieran percibir que la razón les esté diciendo que deben adoptar otra postura. De igual manera, quien tuviera asumido, otro ejemplo, el principio de la patria ante todo, está obligado a defenderla... porque sí; aunque su patria no tenga razón. Si no se posicionan así, en ambos casos estarían atentando contra sus propios principios y creencias; tendrían un serio problema interno.
En cambio, los que carecemos de principios y creencias articulamos nuestra propia y particular escala de valores basándonos, exclusivamente, en un proceso intelectual y racional, y además, lo podemos ir modificando en el tiempo y acomodarlo a los cambios y circunstancias de cada momento. Es verdad que tal proceso también puede ser condicionado por nuestra propia conveniencia; esto ocurre con frecuencia y se evidencia en aquéllos a los que se considera "amorales". Pero debe quedar claro que también tenemos nuestros valores, que, junto a nuestras tendencias y preferencias, condicionan nuestro comportamiento. En nuestro caso, no partimos de un código preestablecido, somos nosotros, individualmente, los que establecemos nuestro propio código.
Es obvio, que los que pertenecemos a este grupo corremos el gran riesgo de que el código que nos asignemos no sea adecuado, o sea, que sea perverso, interesado, antisocial o, incluso, criminal. En estos casos, el ser humano, sin el freno que suponen los principios y las creencias y movido exclusivamente por su propio interés, pasión, codicia, etc., probablemente resulte dañino para los que le rodean. Esto ocurre a menudo; también los que tienen principios y creencias a menudo se olvidan de ellos y atentan contra la sociedad.
Pero, volviendo a los sin principios y descreídos, no tiene que ser necesariamente así. Las personas de este grupo también podemos funcionar en la sociedad de forma positiva, si somos capaces de asignarnos un código de conducta (nuestros valores, tendencias y preferencias) que sintonicen con los requerimientos básicos de la convivencia y el progreso. Desde luego, si es así, es casi seguro que tal código sea mejor que el que determinan los principios y creencias, ya que estará desprovisto de las rigideces e intolerancias de éstos y se podrá acomodar más fácilmente a los cambios sociales y a los requerimientos de cada momento.
Además, los que carecemos del corsé somos menos proclives a tener férreas convicciones. Esto, que los otros consideran un defecto, a mí me parece una ventaja, pues, si se da el caso, nos permite modificar nuestros posicionamientos sin traumatismos ideológicos, y, ya se sabe, rectificar es de sabios.
De lo que no cabe duda es de que la carencia de principios y creencias permite al ser humano ser más libre. Por eso yo prefiero vivir sin principios, sin creencias y, en consecuencia, sin convicciones.
servido por jelgain
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12 Octubre 2009
Ayer vi en la tele un reportaje sobre unos aguerridos alpinistas (o montañeros) en su ascensión a una cumbre importante; creo que era del Himalaya, de unos 7.000 metros. Sorprendentemente, mientras veía las imágenes caí en la cuenta de que, mentalmente, estaba relacionando lo que veía con el caso "Gürtel". ¡Qué raro!, me dije. ¿Cómo he podido tener tal absurda asociación de ideas? me pregunté. Así que no tuve más remedio que pararme a pensar en la razón de tan extraña asociación mental.
Lo primero que hice fue tranquilizarme; hasta cierto punto, no debía considerar muy extraño y ni mucho menos patológico que el "Gürtel" le venga a uno a la mente -incluso cuando está viendo un documental de la 2- en estos días en que los medios no paran de hablar de este caso. No debía, por tanto, preocuparme por mi estabilidad síquica y anímica: Le podía pasar a cualquiera. Pero no me despreocupé del todo, seguí pensando en ello.
Estaba viendo unos esforzados hombres, jóvenes, poniendo en juego sus vidas (la ascensión, a través del hielo y la nieva e, no estaba exenta de riesgos reales); en pos de un objetivo que, como mucho, les podría reportar la satisfacción personal de haberlo alcanzado con éxito; equipados con ropas de abrigo, crampones y piolets; con la mochila, a rebosar, siempre a la espalda; pernoctando al socaire en endebles tiendas de campaña, allá donde la helada ladera diese un respiro y permitiera el cobijo; caminando, cuando el tiempo lo permitía, siempre hacia arriba, paso a paso, a ritmo aparentemente cansino pero constante y firme, abriendo senda en la nieve; escalando paredes heladas con la simple ayuda de sus camprones y piolets, y con la elemental protección de la cuerda afianzada por otro compañero; rostros curtidos por el sol y por la refulgencia del blanco entorno, dando tiempo a la aclimatación en cada cota; controlando la fatiga, con constancia y sin desmayo; superando las adversidades climatológicas, etc. En fin, unos tíos que jugándosela, esforzándose y sufriendo sólo pretendían vencer a la naturaleza por el simple y grandioso placer de hacerlo; ellos solos, a pecho descubierto, contra la montaña. Loable.
Y, a la vez, pensaba en los del "Gürtel". Instalados en el poder o siendo amigos de los que lo están, con sensación, por ello, de plena seguridad y de tener las espaldas cubiertas; bien equipados con sus trajes de calidad, sus relojes de oro, con buenos pisos o chalés; con sus cochazos, con sus viajes, con sus comidas en caros restaurantes, con sus fiestas y sus putas a gogo; intrigando, maquinando, seduciendo y comprando voluntades; obteniendo dinero de forma tan fácil como ilícita; luciendo morenada mediterránea o caribeña, aclimatados perfectamente a su estatus privilegiados; viviendo deprisa y a todo trapo, sin fatigas y sin penurias, etc. En fin, unos tipos que casi sin dar ni golpe vivían de puta madre a cuenta de todos los "pringaos" ciudadanos (como, seguro, que ellos nos consideran). Ellos solos, bien respaldados y con las cartas marcadas, contra todos los demás. Deleznable.
Desde luego, difícilmente se puede explicar uno cómo pude asociar dos comportamientos o estilos de vida tan diametralmente opuestos. Me lo voy a tener que mirar, pero aseguro que fue así.
Puestos a encontrar alguna analogía que justificase la asociación, diría que se puede encontrar entre ambos un punto en común: la claridad de sus objetivos y su dedicación a conseguirlos; en eso se parecen.
Pero, pensando más en todo esto, he caído en la cuenta de que no es en esta micra de similitud lo que ha hecho que relacionase mentalmente a ambos grupos. No, lo que me ha llevado a la conexión es la sensación de que unos y otros representan, afortunadamente, grupos minoritarios en nuestra sociedad. Sí, he dicho bien: afortunadamente.
Afortunadamente hay, en términos relativos, pocos esforzados alpinistas que se dedican, en batalla noble con la naturaleza, a superar los retos que ésta ofrece, ¡menos mal!, si hubiera muchos, la naturaleza, irremediablemente, perdería la batalla. El ser humano, de una forma u otra, ganaría, y los retos actuales que hoy, afortunadamente, presenta la naturaleza quedarían superados, y así, el ser humano perdería el bello aliciente que supone vencerla de vez en cuando. Además, si se masificara el alpinismo dejaría de tener su mística y perdería la condición de referente, como lo es ahora, para las gestas y hazañas humanas en la gran pugna entre los dos elementos básicos de la creación: el ser humano y la naturaleza. ¡Que siga la pugna!
Afortunadamente, también hay pocos casos como el "Gürtel" y, por tanto, pocas personas, en términos relativos, que se dedican a lo que los protagonistas de este caso se han venido dedicando mientras les ha durado el chollo. Afortunadamente, la inmensa mayoría hace las cosas que tiene que hacer dentro de las normas que nos hemos dado, es decir, dentro de la ley, y afortunadamente, la gran mayoría vive con dignidad el rol que las circunstancias y sus condiciones personales le permiten. Afortunadamente, el número de chorizos, aunque es elevado, es muy minoritario en nuestra sociedad. Con ellos, especialmente con los de guante blanco, tolerancia cero; ¡ni agua!
Así pues, me ha quedado claro que la asociación de ideas me llegó por la satisfacción que me produjo caer en la cuenta de que, afortunadamente, los alpinistas y los hijoputas son minoritarios en nuestra sociedad ¡Congratulémonos!
servido por jelgain
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